Septiembre, 2021

Cambio de época

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Cuando terminé la secundaria y fui a estudiar el profesorado en Historia, era un militante muy activo de la Acción Católica de mi parroquia. Egresé en 1979, que fue el año en que tuvo lugar la Conferencia de Puebla.  Para esto, tanto en el Colegio Virgen Niña de Alberti, en que realicé la secundaria, como en el grupo de ACA parroquial, ya habíamos estudiado el Concilio, en particular la Lumen Gentium y la Gaudium et Spes, y la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de Paulo VI, entre otros documentos. Pero, de algún modo siento que Puebla pasó a ser, en algunos puntos, mi documento de referencia, en particular lo que se refiere a la dignidad de la persona humana. Las visiones inadecuadas, la Verdad sobre el hombre, fueron temas que estudié a fondo en esos años. De allí, me quedó muy marcado lo de la triple relación (el ser humano con Dios, el ser humano con sus semejantes y el ser humano con las cosas). En el profesorado, las clases del padre Pedro Abate, a quien tuve como profesor de Teología de 2do año (Evangelios) y 4to. (Doctrina Social) y, en la parroquia, los diálogos cotidianos con el padre Carlos Avigliano y el padre Dante Iorio, me ayudaron mucho a profundizar en esto.  

Tan es así que, cuando comencé a dar clases, sobre todo en primer año, donde se desarrollaba desde la Prehistoria hasta la Edad Media, hacía referencia, en cada etapa de la historia a esa triple relación, de modo tal que de cada período y de cada pueblo estudiábamos la relación con Dios (su religión, diferenciando las búsquedas humanas de la Revelación de Dios), la relación entre los semejantes (gobierno, sociedad) y la relación con las cosas (obras de arte, economía). Soy recordado entre mis ex alumnos por las “líneas de la historia”, que eran una especie de sábana de papel, en la que debajo de la línea cronológica había cinco franjas, en las cuales, después de terminar el estudio de cada tema los chicos debían realizar una síntesis de cada uno de esos ítems. Tener la línea completa, y saberla explicar era la clave para aprobar historia. 

Para ese tiempo, estudiando historia contemporánea, había leído un texto que proponía que el proceso moderno de la revolución industrial debía ser relacionado con el período neolítico, diciendo que era en realidad la revolución anterior con que debía comparársela. En el medio, el estudio y la discusión sobre las diversas formas de interpretar la historia, el marxismo, el positivismo, teorías a las que siempre tuve que mirar desde la vereda de enfrente. 

Siempre me apasionó la antropología filosófica, las cuestiones relativas a la libertad de los seres humanos, a los condicionamientos, el grado de incidencia de los mismos, las motivaciones del obrar humano, el misterio del origen y del fin de la Historia. 

Así, fui madurando una especie de teoría explicativa de las grandes etapas históricas, relacionándolas con las tres dimensiones a las que hice referencia. Esta explicación, año a año, la desarrollo oralmente con mis alumnos del profesorado en Historia, al comenzar la materia. Aparecen, para mí períodos de prevalencia, en forma sucesiva, de una de las dimensiones sobre las otras dos, de forma tal que las comunidades humanas (no como determinación, sino como desafío del período histórico) se “concentran” (por así decirlo) en una dimensión, y aunque necesariamente deben continuar manteniendo las otras dos relaciones, éstas pasan, por la dinámica propia de los tiempos, a un segundo plano. Y en el paso entre la prevalencia absoluta de una dimensión sobre las otras se dan períodos especiales, de larga duración, en los que al “resolverse” los problemas de la etapa que va acabando, se van prefigurando los desafíos de la siguiente.  

Lo más interesante es que los períodos no son tantos desde una perspectiva histórica. El período más largo de la historia de la humanidad es el que abarca desde la creación del ser humano hasta el Neolítico. Durante miles de años, los humanos integraban bandas, o “clanes”, de entre 50 y 200 miembros, errantes en busca de comida, agua, refugio y abrigo. Puestos de lleno ante una problemática relación CON LAS COSAS, era poco lo que podían hacer para desarrollar aspectos sociales, políticos o más aún hallar una respuesta de sentido a la existencia. Eso no quiere decir que estas dimensiones no tuvieran importancia. Por supuesto que la tenían, pero la realidad se imponía de un modo urgente: para subsistir, había que concentrarse en encontrar comida, agua, refugio y abrigo; y si no las encontraban, perecían. Por eso, en miles de años no es posible encontrar cambios sociales y políticos de gran significatividad. 

El período que continúa es muy interesante. Y tiene mucha más duración de lo que se piensa. Son varios miles de años, en los que se “resuelven” las problemáticas centrales del período anterior. Sigue predominando la relación CON LAS COSAS, pero ahora, en un primer nivel de dominación.  La llamada “domesticación” de plantas y animales es un proceso de mucho tiempo, en el que parece tuvieron, sobre todo en los orígenes, mucho protagonismo las mujeres. Y después los ancianos de las comunidades, que fueron acumulando los conocimientos adquiridos. Este proceso se vivió en paralelo en varias regiones del mundo, zonas de aglutinamiento, en las que se produce difusión de elementos culturales. Con la producción de animales y vegetales por los grupos humanos como primer fuente de alimentación, aunque nunca total, comenzaron a surgir las aldeas, a dividirse el trabajo, a ampliarse la población. Vamos a encontrar en algunos lugares sistemas matriarcales, consejos de ancianos, grupos de chamanes que organizan sistemas religiosos, y pronto, enfrentamientos más violentos, esclavizaciones. Suelen aparecer muchas veces grupos con menor desarrollo cultural que invaden y dominan poblaciones más desarrolladas. Cierto “impulso vital” de grupos más primitivos pero más fuertes, lo que lleva luego a mestizajes y dominaciones, que a la larga se integran en un proceso de ampliación el horizonte de desarrollo cultural.  

Para plantear mejor las cosas deberíamos seguir el proceso histórico en los distintos espacios en que se desarrolló el Neolítico (Mesopotamia Asiática, Llanura Indogangética, Cuenca del Nilo, Llanura de China, Mesoamérica, Área Andina). Eso nos implicaría mucho tiempo de análisis histórico, y aunque nos permitiría ampliar la visión (sobre todo en Oriente), no creo que nos lleve a revisar lo central del planteo interpretativo. Lo cierto es que, en ese período Neolítico, las sociedades humanas que lo atravesaron, resolvieron básicamente las grandes problemáticas al cambiar su relación CON LAS COSAS mediante las técnicas adquiridas en agricultura, ganadería, construcción, cestería, hilandería y tejido, cerámica, metalurgia. Este conjunto de tecnologías desarrollada en general, en aproximadamente 4 milenios, acompaña a los pueblos sin grandes sobresaltos hasta la modernidad (con sólo algunas innovaciones incrementales pero no revolucionarias). Son entre 5 y 6 milenios en las zonas de más rápido avance, (divisibles en dos partes, un primer período de algo más de 4 milenios, y otro siguiente de algo más de 1 milenio) en que la relación “CON LAS COSAS” pasa a un segundo plano en el desarrollo cultural, porque las problemáticas principales serán propias de la relación “CON LOS SEMEJANTES”: la primera parte será la Edad Antigua, datada generalmente entre 4000 antes de Cristo y siglo V después de Cristo, aunque me parece que la presencia de Jesús es la verdadera “bisagra”. 

El período denominado Antigüedad se destaca por privilegiar el vínculo interhumano, especialmente el estado, la autoridad política, la legislación, las normas de estructuración de las familias, la diferenciación de sectores sociales. Las polis atenienses, y las sucesivas formaciones imperiales, para el área del Mediterráneo y Cercano Oriente, darán un desarrollo muy significativo a la complejización de la organización humana en la época. Aunque muchos filósofos y cientistas políticos y sociales, puedan encontrar diferencias importantes entre las formas sociales y políticas de la antigüedad y de épocas recientes (las democracias modernas, la división de poderes, la organización internacional, los sistemas empresariales, etc.), en la Antigüedad se experimentaron (y desarrollaron suficientemente) las diversas formas que legitiman el funcionamiento del estado, los orígenes del poder político y social, el derecho en todas sus ramas, sistemas administrativos, etc., de modo tal que, por más significativos que puedan ser los desarrollos posteriores, terminan siendo generalizaciones, incrementos y avances lógicos de las antiguas estructuras.   

Y, según San Pablo, en su Carta a los Gálatas 4, 4,  “…cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo…”. Jesús nació en la etapa final de la Antigüedad, cuando las sociedades están maduras para pasar a la tercera fase de las problemáticas, la relación con Dios u “horizonte de sentido” (denominación que empecé a utilizar luego de leer “El hombre en busca de sentido” de Víctor Frankl, y sobre todo para trabajar este desarrollo con alumnos no creyentes). Esa etapa tendrá, en el área que circunda al Mediterráneo, un desarrollo especial en el  período conocido como Edad Media (aunque no concuerde mucho con este nombre, puesto desde una mirada negativa), que en realidad indica la culminación de lo que podríamos llamar la “Cultura tradicional”, y en la que intervendrán cristianos, islámicos y judíos.  Desde el nacimiento de Cristo, hasta el inicio de la Edad Moderna (siglo XV), la etapa medieval fue fecundísima en lo cultural, con una resignificación profunda de toda la realidad, en respuesta a la eterna novedad de Cristo (seguida por su Iglesia, los hermanos separados y también, en la misteriosa presencia de Dios que se manifiesta en islámicos y judíos). La primera evangelización se expandió de múltiples maneras. Es muy interesante la forma en que llega a América Latina, en la última acción propia del Medioevo, que se vive, sin embargo, cronológicamente como Modernidad. Esta acción histórica, con grandes claroscuros, es desarrollada por España, una monarquía católica que, forjada en su lucha contra el Islam, toma muchas de sus características. Ese imperialismo tradicional hispánico, tiene mucho que ver con la expansión islámica. 

¿Por qué ese tiempo es la Plenitud de los tiempos?¿Qué hubiera pasado si Jesús nacía antes o después?  Muchas veces lo he pensado, ¡Dios sólo lo sabe!, pero tal vez, si hubiera sido antes, era difícil de mantener los elementos históricos que nos acompañan (la Palabra de los Evangelios, los testimonios de no cristianos, -en lo que interviene, por un lado cierta difusión de la técnica de la escritura, y por otro el contexto de civilización antigua-, la posibilidad de difundir el Evangelio en el área Mediterránea –también es importante todo el pensamiento griego y el ordenamiento romano- ). Imaginarlo después es más difícil, por las consecuencias que tuvo el Cristianismo, y porque, seguramente la historia hubiera sido muy otra. 

El desarrollo de los quince siglos primeros del cristianismo nos llevó a construir una UNIVERSIDAD,  un discurso ordenado y sistemático de la realidad fundada en Cristo, que alcanzó sublimes desarrollos en el saber, quizá Santo Tomás de Aquino puede ser la cima de esta construcción. También la labor cultural del monacato, centros de atracción y referencia de la vida en amplias regiones. Además, por supuesto, de las instituciones universitarias, que son la forma concreta de desarrollar ese saber. 

Lo que viene después de la denominada Edad Media, la Modernidad, inaugura una nueva etapa de predominio de la RELACIÓN CON LAS COSAS, que se da en diversas dimensiones, que por nuestra “cercanía” cronológica nos permiten intentar las más diversas interpretaciones, distanciar momentos, hacer un análisis más documentado de los procesos. Pero, en “tiempos de historia de la humanidad” estos hechos son muy cercanos. Muchos de los problemas que la humanidad de la cultura tradicional tenía se van resolviendo debido a los avances científicos y técnicos (ahora de repente nos encontramos con la pandemia inesperada del Covid 19, que nos hace ver que la humanidad no lo puede todo, pero si comparamos la situación de las poblaciones tres o cuatro siglos atrás (altísima mortalidad infantil, baja expectativa de vida, escasa posibilidad de sobrevida en muchas enfermedades, dificultad en las comunicaciones, durísimo trabajo personal, alta dependencia de los factores climáticos, nula movilidad social, etc., etc.), veremos tantos cambios, en un tiempo tan corto, y tantos problemas solucionados ).  

Con el correr de los siglos (cinco, para un ser humano, muchísimo; para la historia, casi nada), la prioridad de relación con las cosas  (signo de los tiempos), ha ido generando explicaciones teóricas, que, me parece encuentran algunos principios potentes en el racionalismo , en el subjetivismo kantiano, en el materialismo marxista, en el positivismo de Comte, en el evolucionismo de Darwin y otros, en la relatividad de Einstein, etc..   Causas y efectos al mismo tiempo de esta nueva focalización de la humanidad en su relación con las cosas, al aparecer “dinamitan” la estructura del pensamiento tradicional, la universidad, y favorecen la DIVERSIDAD. Ante esto aparecen los distintos posicionamientos: reaccionarios, progresistas… 

Estos desarrollos intelectuales, que aportan mucho a diversos campos de la realidad, y también al desarrollo político, social, religioso y cultural en general, aunque contradicen el orden tradicional, se mueven en un contexto ampliamente influenciado por esa UNIVERSALIDAD tradicional, que actúa como una especie de “viento de cola” de los procesos de pensamiento, aunque en disminución,  mientras crece, por otro lado el dinamismo de la nueva etapa de predominio de la relación con las cosas. 

Desde mi humilde punto de vista, el proceso histórico de la Modernidad (tomado en su densidad de período histórico de larga duración y no circunscripto al pensamiento de algunos filósofos de los siglos XVI y XVII), no sólo no ha acabado, sino que se encuentra todavía en pleno desarrollo. Las innovaciones científicas y técnicas no han cesado aún, sino que continúan produciéndose. Y, mientras sus impactos sigan afectando en general la vida de los pueblos, la característica principal de la época continuará. Sabemos de algunas de sus líneas que seguirán produciendo impactos: la inteligencia artificial, los proyectos espaciales, la ingeniería biónica. Las innovaciones materiales, al generar mercados para aumentar los negocios, afianzan los intereses que los motivan, poniendo el énfasis en la relación material.  

Lo que entendemos como “cultura tradicional”, sin embargo, tiene una enorme fuerza: es la construcción realizada por la humanidad como respuesta a sus problemáticas sociales, políticas y religiosas. Estas respuestas, por la fuerza de las convicciones que las fundamentan, entre ellas, nada más y nada menos que la Revelación, (con plenitud en Cristo, pero asimilada “lenta y parcialmente” por la humanidad), tienen una fuerza histórica que continúa desarrollándose.  Las estructuras del poder, desde las más simples a las más complejas, la reacción social a los cambios, la instalación estructurada de pretendidos “cambios” (que no lo son), las nuevas propuestas de organización, proceden todas al mismo tiempo, pero es innegable que el movimiento central está llevado por la dominación de las nuevas tecnologías, la posesión de bienes materiales, la capacidad de consumo, el control de los avances científicos. Quizá lo más visible en estas últimas décadas es el desarrollo intensivo de los medios y tecnologías de comunicación, que unidas a prácticas de manipulación propias de una cierta “ingeniería sociológica” impacta fuertemente sobre las formas de trasmisión de la cultura, generando una aceleración de cambios sociales, con una preocupante “cosificación” y uso de las personas. Sigmund Bauman nos habla de “modernidad líquida”, y quizá podamos encontrar en su descripción ese avance de la desestructuración de la cultura tradicional.  Desde hace cinco siglos se está desarrollando un proceso de acumulación de riqueza, que tiene una base en los grupos financieros, que, poco a poco fueron erosionando el poder político, hasta relativizarlo fuertemente durante el siglo XX, desestructurando las organizaciones políticas, y hasta los estados mismos. Observamos una decadencia notoria de la política, gran confusión en el pensamiento de las dirigencias, una farandulización de los liderazgos, al mismo tiempo que estructuras no gubernamentales (grandes fundaciones, empresas, grupos de poder económico) unidas a organismos internacionales y empresas mediáticas, generan discurso presionando sobre los sistemas tradicionales de transmisión cultural, que muchas veces no logran encontrar su lugar o lo ven fuertemente cuestionado. Toda autoridad que no deviene del tener, por el mismo hecho de serlo, es cuestionada. Estado, escuela, familia como organizaciones sociales entran en una crisis endémica, en la que  mientras se le reclama el cumplimiento de sus obligaciones tradicionales, se le bombardean permanentemente sus bases de sustentación, al promocionarse un exacerbado individualismo, basado en los intereses particulares, en las sensaciones placenteras de las personas y en la justificación de cualquier tipo de decisión fundada en lo anterior, para la cual los compromisos duraderos no existen y la voluntad sólo se aplica cuando se trata de obtener metas interesadas. 

Es por eso que entiendo al CAMBIO DE ÉPOCA como algo mucho más profundo de lo que habitualmente se menciona, (quizá porque se hace un análisis más centrado en la Historia de la Filosofía que en la Historia en general). Después de cinco siglos de Modernidad (nuevo predominio de la relación con las cosas), hoy se notan más patentes sus consecuencias, se siente como una aceleración de los procesos de cambio, y por su impacto en las comunicaciones y el acceso de más personas, toca más directamente a más sectores. Básicamente hay en el mundo una enorme DIVERSIDAD, que crece. El “nuevo ciclo”, aunque con mucha más experiencia de los períodos históricos vividos, ha comenzado hace cinco siglos, ahora se desarrollan más características, particularmente  una fuerte “deconstrucción” cultural, y una enorme relativización de los discursos. Pero esto, aunque nos duela, no es algo pasajero, sino parte de un proceso de larga duración. 

¿Y qué pasa históricamente con Cristo y los cristianos? 

Lo peor sería añorar tiempos pasados, presentarnos como reaccionarios frente a los cambios. Es necesario distinguir a Cristo de los elementos culturales producidos por su presencia a lo largo de los siglos. Al mismo tiempo es necesario valorar la propia historia de la Iglesia, y los aportes a la cultura en general. Esto requiere un discernimiento permanente. Esto provoca, al interno de la Iglesia, una gran diversidad. Por eso siempre el seguimiento de Cristo y nuestra identificación con Él requieren vivir como protagonistas de la última novedad de la Historia. Son maravillosas las respuestas de San Francisco de Asís, y muchos otros santos que marcan el camino. No debemos dejar de ver lo que Dios nos dice en nuestros hermanos separados luego de Lutero, ni lo que sigue obrando en los hermanos de la Antigua Alianza, ni en los fieles del Islam. Y en todas las semillas de Bien y de Verdad que esparce entre filósofos, científicos y técnicos. Podrán demoler las construcciones, pero queda la Roca. Y en Ella hay que ser y estar. 

Confiados en el Espíritu Santo que nos asiste,  la gran respuesta de la Iglesia a la Modernidad es el Concilio Vaticano Segundo, que nos sigue iluminando y que tiene una densidad histórica aún no bien dimensionada. Es el verdadero punto de inflexión entre tradición y modernidad para la Iglesia, que se desarrolló a cinco siglos de su inicio, y quizá está llamado a iluminar varios siglos más de un proceso histórico de larga duración.  La centralidad en Cristo, su Palabra, su Cuerpo Místico, el vivir concentrados en el kerigma. Es la última noticia de la Historia (aunque nos toque pasar por oscuros y largos senderos), y tenemos que testimoniarla, asumiendo al mismo tiempo todo lo que pasa en los tiempos en que Dios nos llamó a vivir. El desafío es poder servir a la humanidad cuando se empieza a volver contra sí misma. La temática ecológica, puesta en el centro por Francisco en Laudato Si, y preanunciada por Benedicto XVI, aporta una interesante perspectiva. Nada de lo humano nos es ajeno, y todo el ser humano está llamado a la salvación en Cristo. Los cambios dentro de la Iglesia con todas sus consecuencias son urgentes. Es difícil para una institución bimilenaria asimilar los vertiginosos cambios de estos tiempos. No obstante, cuanto antes se libere de los lastres de su pasaje por la historia (al decir de alguien que alguna vez escuché, “se quede con el regalo y no con los envoltorios”), más podrá iluminar a la gente. Dar prioridad a las marginalidades existenciales, centrarse en el servicio y no en el poder, usar los elementos materiales y de poder de un modo renovado en la eternidad del Evangelio, terminar con el clericalismo, fortalecer la presencia de la mujer, desarrollar plenamente el protagonismo laical, apoyar en forma clara a quienes asumen compromisos de conducción humana (docentes, dirigentes sociales y políticos, comunicadores sociales, empresarios) y dinamizar la perspectiva comunitaria en salida parecen ser puntos clave. 

Y teniendo claro que, somos la fuerza de “tensión de elevación” que nos lleva a centrarnos nuevamente en Dios y los hermanos, nuestro discipulado misionero debe crecer fuertemente en las dos dimensiones (discipulado=relación con Dios, misión=relación con los hermanos). A un mundo que “anda mal porque ama las cosas y usa a las personas”, debemos, contra corriente, testimoniar que “las personas están hechas para ser amadas y las cosas para ser usadas” (parafraseando un texto que encontré en una red social, que contiene una gran verdad “Las personas fueron creadas para ser amadas, y las cosas para ser usadas. El mundo anda mal porque ama las cosas y usa a las personas”). Con alegría, con entusiasmo, debemos seguir adelante, confiados Cristo y en su victoria final asegurada. 

Raúl Palazzo

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