Cambio y Fuera
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Reflexión

Nosotros y Nuestra Circunstancia: la urgencia de un cambio

Cada tiempo tiene sus desafíos. Con sus luces y sombras, cada época compone una circunstancia nueva. Circunstancia que difiere de la de otro tiempo y de la de otros países.

Por Gabriel Vazquez Amábile

28 de noviembre, 2025

cover image - Nosotros y Nuestra Circunstancia: la urgencia de un cambio

Cada tiempo tiene sus desafíos. Con sus luces y sombras, cada época compone una circunstancia nueva. Circunstancia que difiere de la de otro tiempo y de la de otros países. En algunos aspectos puede parecer similar, pero es, definitivamente, diferente.

Vivimos un momento crítico que demanda cambios grandes y urgentes. Alguien dijo que la Argentina está “sobrediagnosticada”; por lo tanto, es hora de actuar y no de seguir haciendo diagnósticos.

Los indicadores económicos y sociales, difíciles de corregir, se entrelazan con un sistema de corrupción política que abarca funcionarios y empresarios como nunca en nuestra historia. Nada fácil para cualquier gobierno que quiera cambiarlo.

El ciudadano —cada uno de nosotros— no vive ajeno a esta circunstancia que demanda soluciones nuevas. La pregunta es si somos realmente conscientes de esto y si estamos dispuestos a emprender un camino de cambios profundos. Estos cambios tienen un costo, exigen un esfuerzo y también paciencia.

Lecciones de Historia

Podemos aprender de la historia muchas cosas, pero la más importante es que los hombres que enfrentaron momentos grandes de cambio y se encontraron ante una circunstancia inédita, debieron pensar y aplicar soluciones nuevas.

Hay muchos ejemplos de momentos bisagra en la historia, pero dos resultan ilustrativos.

En 1810, decidimos dejar de depender del rey de España, lo cual ocurría desde hacía 300 años, para convertirnos en una nación independiente. Fue un dilema enorme para quienes vivieron en ese momento. Una circunstancia totalmente nueva, en la que no todos tenían la misma mirada ni arriesgaban lo mismo. Y ese cambio tuvo dos momentos de vértigo: la declaración de la independencia —que implicaba abandonar todo el orden anterior— y la organización nacional —que implicaba construir algo nuevo—. Décadas de debates y guerras internas fueron necesarias hasta que entendimos, de 1860 en adelante, que la unidad, la pacificación y la política entendida como planificación eran el camino hacia el desarrollo.

En ese entonces, los desafíos eran múltiples: la educación (con apenas un 15% de alfabetismo), la ocupación de un vasto territorio y los conflictos de límites. Sin educación no podía haber progreso ni democracia auténtica. Había que educar a los propios tierra adentro y a los millones de inmigrantes que llegaban de otros países del mundo.

Las políticas entre 1860 y 1930 —educación, inmigración, ferrocarril, política exterior— respondieron a un diagnóstico claro, adecuado a su circunstancia. Y la política fue entonces, con las sombras de siempre, más planificación que improvisación, más efectiva que burocrática.

El segundo ejemplo es la Europa de 1945. Tras dos guerras mundiales, unos pocos hombres comprendieron que la pacificación y la unidad eran la clave para reconstruir el continente. El primer paso fue la conformación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo) para asegurar que la materia prima que había sido destinada a la fabricación de armas se convirtiera en la base de la industria europea, lo cual fue el motor de la reconstrucción de sus economías. Pero además del acero, la planificación fue también la base de esa reconstrucción. Basta leer el pensamiento de los franceses Jean Monnet y Robert Schuman, que junto al alemán Konrad Adenauer y el italiano Alcide de Gasperi acordaron las bases de lo que conocimos luego como Comunidad Económica Europea (CEE), a la que se fueron sumando posteriormente otros países y que hoy conocemos como Unión Europea.

Nuestra Circunstancia

Aunque no sean extrapolables, ambos ejemplos son valiosos. Decía Jean Monnet en sus memorias: “Los hombres sólo aceptan el cambio resignados por la necesidad, y sólo ven la necesidad durante las crisis”. La Argentina de 1860 y la Europa de 1945 compartían esa resignación y esa necesidad de un cambio.

Ambos casos muestran que la pacificación, la claridad de diagnóstico y la planificación política conducen a resultados exitosos. En ambos ejemplos, la circunstancia demandó cambios que dieron lugar tanto a estructuras nuevas en el sector público como en la dinámica del sector privado.

Sin embargo, al progreso, crecimiento y desarrollo que parecían en nuestro país no tener vuelta atrás, le siguió —a partir de 1930— un nuevo y largo período de crisis. Una nueva grieta que rompió la unidad y la paz, una creciente burocratización y un Estado errante e ineficaz. Todo esto proveniente de la transformación de lo que fue una clase dirigente en una evidente casta gobernante. De ahí el término empleado por el presidente Milei, que deriva simplemente de lo que es una parte importantísima, sino la causa, de nuestra circunstancia.

El populismo, como lo conocemos, ha sido una tiranía disfrazada de institucionalidad democrática. En las últimas décadas, apenas interrumpidas por intentos de cambio, hemos convivido con un Congreso sin voz, frente a una hegemonía presidencial que ahogaba a las provincias y a la justicia.

Hoy, la circunstancia demanda transformar una casta gobernante en una clase dirigente. Sabemos que la democracia garantiza igualdad de oportunidades para que todos los ciudadanos puedan ser representantes en todos los niveles de gobierno. No obstante, no hemos podido resolver que esa representación sea siempre acompañada de honestidad, idoneidad y capacidad, lo cual constituye el desafío de toda democracia.

Las prioridades

Entre los problemas centrales se cuentan la inflación, la educación, la seguridad y el sistema de salud. Todos requieren diagnóstico y acción política de calidad. De otra manera los problemas no se resuelven, sino que permanecen y nos acostumbramos a que los indicadores tanto económicos como de desarrollo sean cada vez peores.

Ordenar la administración del Estado —nacional, provincial y municipal— es prioritario. Ello demanda planificación, decisión y equipos competentes, como así también construcción de acuerdos.

La economía, con todos sus desafíos, puede ser lo más fácil de encarrilar, dado la multiplicidad de recursos con que cuenta la Argentina. Pero el verdadero talón de Aquiles es la educación, tema tal vez más complejo que la economía, y demanda acción política urgente y coordinada entre las provincias y la nación.

Para consolidar un desarrollo sólido no podemos seguir tolerando el deterioro docente, la ideologización de contenidos, el ausentismo y la deserción primaria y secundaria. Tampoco que el sindicalismo maneje el destino de la educación pública por encima del Estado. El diagnóstico lo sabemos y la consecuencia de esto nos llevará a constituir una ciudadanía cada vez más débil por su grado de ignorancia y una economía cada vez más limitada a la hora de emplear recursos humanos calificados.

Lo mismo ocurre con organismos nacionales que generan conocimiento como las universidades nacionales, el Conicet y el INTA, que no admiten auditorías del Estado nacional ni transformaciones en su estructura. Estos organismos están lejos de ser lo que fueron y de lo que podrían ser. También esto demanda equipos de trabajo serios que redefinan la estructura de estos organismos, acorde a lo que puede afrontar el Estado nacional, buscando la excelencia y en línea con lo que se necesita actualmente. No es un secreto que estas instituciones han sido desvirtuadas por los años de kirchnerismo expandiendo irresponsablemente el personal de sus plantas, no para generar conocimiento sino para hacer militancia como brazo ideológico del partido gobernante.

En materia de salud y seguridad también hay materias pendientes, tales como la desnutrición y el narcotráfico, temas urgentes que atentan contra la niñez, la adolescencia y la familia.

Pensar a la altura del tiempo

Todo esto constituye nuestra circunstancia. Y esta circunstancia exige dirigentes idóneos, con verdadera vocación de servicio, capaces de ordenar y atacar con decisión los problemas desde la acción política. Dirigentes que no teman al fantasma de la “corrección política”, ese recurso que esgrime la gran “casta gobernante” que nos trajo hasta aquí. Una corrección política que, en muchos casos, no es más que un conjunto de argumentos falsos —como la ideología de género o el ambientalismo militante— presentados como “agendas inevitables” y que, como diría Kipling, saben convertir en el lazo de los tontos.

Las consecuencias están a la vista. Hemos puesto en jaque a la familia y a la escuela, dos ámbitos clave donde se aprenden los valores que sostienen la ciudadanía. Allí aprendemos a compartir, respetar, ayudar, asumir responsabilidades y distinguir lo esencial entre el bien y el mal. También hemos ido apartando, casi sin notarlo, la fe en Dios que el preámbulo de nuestra Constitución invoca como sostén moral de la Nación. Dostoievski, profundo conocedor del alma humana, lo expresó a través de uno de sus personajes: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Una frase que parece reflejar la herencia que nos deja una parte importante de la dirigencia política argentina.

Es esta, insisto, nuestra circunstancia, y no valen recetas ajenas para enfrentarla. Lo dijo José Ortega y Gasset: “El hombre debe pensar a la altura de su tiempo”.

Me permito cerrar con un párrafo que el propio Ortega dejó grabado para el Museo de la Palabra y que se ajusta a este momento:

“Un hombre vale en la medida que la serie de sus actos sea necesaria y no caprichosa, pero con ello estriba la dificultad del acierto (…) ¿Cómo se resuelve tan difícil problema? Para mí no ha habido nunca duda alguna sobre ello. Nos encontramos como un poeta a quien se da un pie forzado. Este pie forzado es la circunstancia. Se vive siempre en una circunstancia única e ineludible, ella es quien nos marca con un ideal perfil lo que hay que hacer”.

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