Noviembre, 2021

GANAMOS, PERDIMOS... ¡IGUAL NOS DIVERTIMOS!

GANAMOS, PERDIMOS... ¡IGUAL NOS DIVERTIMOS!

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Después de los dos meses de incertidumbre a la que el pueblo argentino fue sometido entre la fecha de celebración de las PASO y la de las Elecciones, el domingo pasado se despejó cualquier duda: somos impresentables. 

En un caso único en la historia de la democracia universal, los argentinos logramos que los resultados de una misma votación den ganadores a cuatro partidos diferentes. Por eso, a partir del domingo, además de ser los creadores del dulce de leche, la birome y el colectivo, nos recordarán por crear la P.E.S.: “Plurivictoria Electoral Simultánea” (una versión gaucha del “win - win” o “wine – wine”, según la hora del día).

El domingo a la noche la cosa estaba rara, porque mientras esperaba los resultados haciendo tiempo y zapping por los canales de la corpo, de la opo, de la TV pública y de paso, alguno de deportes, se vislumbraban flashes de la cocina partidaria. Los libertarios estaban muy contentos (finalmente meterían 4 o 5 diputados, como infiltrados en la “casta política” que tanto critican); la izquierda ¿unida? también estaba de festejo porque había hecho la mejor elección de su historia, obteniendo… ¡un 5%! de los votos. Pero el clima se puso más interesante cuando dieron los grandes números: en el búnker de Juntos por el Cambio, que había ganado en 17 provincias y literalmente arrasado en los grandes centros urbanos, obteniendo incluso los 5 senadores necesarios para dejar sin quórum a Cristina en el Senado, la celebración era mesurada. No digo clima de velorio, pero no estaban con los globitos amarillos ni descorchando champán como ameritaba la ocasión. 

En medio de ese clima, el presidente se dirigió a la ciudadanía (a nosotros) a través de un mensaje leído y grabado, donde nos recordó la desgracia del gobierno de Macri y que más o menos las cosas seguirían el mismo rumbo aunque más profundizado, lo que me hizo sospechar: si el gobierno había sido castigado obteniendo sólo el 33% de los votos (un 20% menos que en las últimas elecciones presidenciales de hace apenas dos años), ¿Por qué veía con buenos ojos “profundizar” esta catástrofe de inflación, dólar a 200, falta de trabajo y apoyo a Nicaragua? ¿No le daría más rédito cambiar algo para volver a seducir al electorado? A esa altura, yo no podía identificar qué pieza me estaba faltando en este rompecabezas, y mientras repasaba mentalmente los capítulos de “The house of cards”, buscando las similitudes entre Robin Wright y Fabiola Yañez, o entre el glamour de Frank Underwood y la empatía de Mario Ishi, apareció Alberto Fernández en escena. Mi presidente se presentaba en vivo y en directo para despejar cualquier duda: con su oratoria certera me llenó de tranquilidad y confianza, como lo había hecho cuando le aseguró a los argentinos que nos cuidaría y que estábamos mejor que Suecia. ¡Qué buenos tiempos aquellos! ¡Cómo se extraña esa severa pero paternal advertencia que si no respetábamos las reglas de aislamiento que nos decretaba,  él mismo en persona se encargaría de que las cumpliéramos!. En fin, de nada sirve la nostalgia, hay que mirar al futuro, y la verdad es que cuando para terminar su discurso, el presidente convocó a los gritos a la militancia a “celebrar esta victoria” en Plaza de Mayo, entendí todo. 

La historia era simple: en el búnker de Juntos estaban embolados porque pensaron (erróneamente) que si habían sacado 8 puntos de ventaja en todo el país, eran los ganadores de la elección. Pero no: parece que con eso no alcanza. O no siempre alcanza. La ventaja numérica te convierte en ganador en la mayoría de los casos, pero si justo ganás un 14 de noviembre, parece que no es así. Los 14 de noviembre es como que ganan todos. Lo explicó más fácil Tolosa Paz: “nosotros perdimos ganando y ellos ganaron perdiendo”. Listo. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere escuchar. Ni peor intérprete que el que no quiere interpretar. 

La Pato Bullrich no quiso ser menos, y replicó: “nosotros ganamos ganando, y ellos perdieron, perdiendo”. Y uno pensaría desde afuera ¡”Que país de gente rara (por no decir otra cosa), que le tienen que andar explicando todo el tiempo lo que pasa!

Así es como el domingo todos la pasaron bomba (salvo el pobre Randazzo y la incansable Cynthia Hotton, que insiste en jugar a la escoba de quince en un partido de truco): ganó la derecha, ganó la izquierda, ganó Juntos por el Cambio y festejó el Frente de Todos. Y ya a la medianoche, mientras tomaba mi whisky, me di cuenta que, al fin y al cabo, para llegar al poder, no hay tanta diferencia entre las castañas de Frank Underwood cocinadas al fuego de un hogar de Washington, y los choripanes de Alberto Fernández, cocinados en un carrito de plaza de Mayo.

Crisostomo Circellino

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