Septiembre, 2021

Involucrarse

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El término antipolítica comenzó a adquirir una fuerte relevancia recientemente, en especial, el último año. Fomentado por caras nuevas, este fenómeno obtiene cada vez mayor cantidad de exponentes y seguidores y demuestra un claro hartazgo de gran parte de la sociedad hacia la política y sus dirigentes. Ahora, ¿son todos los políticos, de diversos partidos e ideologías, iguales? ¿Son todos corruptos? ¿Es la política simplemente una forma de robar con protección incluida? ¿O lo que percibimos es un sistema infectado desde hace décadas, como expuso en “La Raíz de Todos los Males” el periodista Hugo Alconada Mon? Una democracia con algunos políticos corruptos y cómplices, a los que deben enfrentar, juntos, el pueblo y los políticos honestos, sin provocar aún más daño, grieta y fricción a un país en el que no abunda la paz. Cabe preguntarse también, si aún sanado, nuestro sistema podría promover el bienestar general y la felicidad del día a día, como alguna vez soñaron los constituyentes.

Vivimos en una época donde la información abunda y, en cierto punto, asfixia. Ya resultan muy lejanos, casi prehistóricos, los tiempos en los que una noticia tardaba horas, días o semanas en llegar de una provincia a otra. Ni hablar a otro país o continente. La globalización, junto al internet y demás avances en el campo de la tecnología, transformaron la comunicación: la aceleraron a límites impensados. Hoy se puede estar “informado” prácticamente “on line”. Y lo que en muchos casos es un instrumento que promueve el conocimiento e incluso la felicidad, en otras circunstancias produce el efecto contrario: hartazgo y desconocimiento.

En una población dañada de manera continua a través de décadas, la información instantánea puede saturar nuestros cerebros debido al ritmo de vida que tenemos. Vivimos en apuros y estresados: suena el despertador por la mañana y comienzan los primeros pensamientos, desde el temor por llegar tarde al trabajo, hasta los últimos que fluyen antes de volver a dormir; “¿me habré olvidado de algo?” o “me quedaron mil cosas por hacer”, entre los más comunes. Una variedad de problemas nos atormentan a cada uno de manera constante. Y a todo esto, debemos sumar las noticias de la jornada, las relacionadas a la política, que nos colocan a todos en un terreno común.

Políticos, sindicalistas, jueces, fiscales y periodistas, son algunos proveedores -y otros víctimas- de un sistema contaminado hasta los más pequeños rincones (oscuros rincones) que aporta noticias que causan repudio, pero también angustia y pesimismo.

Parece lógico que, luego de un estresante día laboral, quien llega a su casa y sufre semejante bombardeo de noticias, prefiera apagar la tele y, asqueado/a por la reiteración constante de este proceso en forma de rutina, decida optar por la antipolítica. Por no gastar sus energías y esfuerzos en diferenciar políticos buenos de malos, le resulta más fácil colocarlos a todos en una misma bolsa. Por asimilar lo que sucede y asumirlo como algo común, ni siquiera sorprenderse, sino aceptarlo y resignarse a convivir con ello como si nada pudiera cambiar.

Un camino posible para salir de este dilema es decidir qué información consumir. Cada uno debería buscar las formas más sanas y positivas de comunicación que ofrecen los medios, pero sin renunciar al derecho a estar informados: el consumo de noticias políticas es fundamental para vivir en la realidad y no en una fantasía momentáneamente protegida según la clase socioeconómica de pertenencia. Ignorar –o evadir- la realidad no llevará a nadie muy lejos. El tsunami nos alcanza a todos, incluso quienes se encuentran en el “pico” de la montaña.

Como pueblo, tenemos no solo derecho a elegir a quienes nos representan mediante el voto, sino que también a expresarnos libremente, a manifestarnos frente a las injusticias y los actos delictivos. A los jueces y fiscales les fueron otorgadas las herramientas para perseguir y condenar estos hechos; a los periodistas, la posibilidad de investigar; a los sindicatos, la función de proteger a sus miembros y a los políticos la obligación de representarnos mediante sus actos, sus decisiones y su voz. Esta voz y estas decisiones no deberían traicionar el mandato por el que fueron elegidos.

A los ciudadanos les queda el compromiso, cada vez más imprescindible, de involucrarse. Ejercer el control –y la presión- social desde el lugar al que a cada uno le corresponda. Participar en movilizaciones, marchas, fiscalizaciones, donde no importa el rol social de cada persona, porque todos tienen la misma voz y se escucha tanto a un juez como a un estudiante. Sé que esta opción parecerá extenuante al corto plazo; exigirá de un gran compromiso nuestro como sociedad, y puede parecer desgastante luego de recibir tantos golpes y de tanto cansancio acumulado. Pero como exigimos a nuestros jugadores a la hora de un partido de la selección nacional de basquetbol, vóley o fútbol; somos argentinos y peleamos hasta la última pelota del partido.

Brasil e Italia demostraron con sus respectivos procesos referidos a los actos de corrupción, Lava Jato y Mani Pulite, que esta es una solución posible: involucrarse, no la antipolítica. Será difícil, sí, pero a largo plazo valdrá la pena y lo veremos como un simple y pequeño esfuerzo cuando estemos frente a los resultados. Un “nuevo” sistema, sano, con cada uno de quienes lo integremos dispuestos a trabajar por un futuro mejor, sabiendo que frente a cada acto irregular, allí estaremos de pie. Involucrados.

Juan Manuel Celdeiro Gadea

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